Estoy casi resignada a que, todos los años, por junio, como si la cosa fuera géminis, (que debe serlo)mi atención tenga que detenerse en el tan manido tema de la custodia compartida. ¿Será que la presión atmosférica y los efluvios de la proximidad de la noche de San Juan son propicios para que las personas nos cuestionemos el papel de la maternidad / paternidad en el marco de los conflictos familiares? ¿O seré yo, que estoy más sensible a las crisis en este mes en el que rindo cuentas con el calendario?.
Dos artículos aparecidos en El País, diario que parece especialmente preocupado por este tema, son los que han llamado mi atención:
El primero, titulado “œLos hijos como propiedad” es una tribuna de la escritora Luisa Castro. Aunque no coincido con buena parte de la argumentación, me gustó particularmente este párrafo:

“œ”¦Permítanme, sin embargo, que dude mucho de que esta solución deba imponerla el Estado. Son los padres los que deben consensuarlo. Si no es así, poner a los padres y a las madres en pie de igualdad en el tema de la custodia sólo complica las cosas para los hijos. Directamente se convierten en una mercancía, un bien o una carga según convenga. Si estaban en una guerra cuando convivían los padres, seguirán expuestos a ella cuando éstos vivan en domicilios separados”¦”

El segundo, que parece contestación al primero, está firmado por Á€ssun Pérez Aicart, coordinadora de la Plataforma Feminista por la Custodia Compartida, y Fernando Basanta Ortega, vicepresidente de la Confederación Estatal de Madres y Padres Separados y bajo el título “œLos hijos compartidos” dice cosas como la siguiente:

“œ”¦El niño no necesita el control exclusivo de la madre. Ni del padre. El niño necesita la participación de los dos en su crianza, en su cuidado y en el roce cotidiano. Porque como decía la copla, sin roce no hay cariño. Y eso es lo que más obsesiona a algunas recelosas madres, como la tristemente famosa letrada María Dolores Martín Pozo, presunta inductora del asesinato de su ex marido Miguel Ángel Salgado; mujeres que no quieren compartir con ningún igual el cariño del ser amado, el amor de los hijos, por cuya escritura de propiedad exclusiva se afanan en batallar por todos los medios a su alcance y desde los más altos castillos.
Los niños no son una propiedad, y no se pueden partir, como sí se puede partir una casa, cuyo valor material no obstante tampoco se parte, porque va en el mismo lote que la propiedad materna de los hijos. Claro que los hijos no se pueden partir, pero sí se pueden y se deben compartir”¦.”

No se molesten en acusarme de parcialidad en la selección de los párrafos, ya lo digo yo que, intencionadamente, he seleccionado lo que me parece más relevante sobre las dos posturas que en este momento están socialmente enfrentadas en el tema de la definición de la custodia compartida.
Porque (y va la tercera vez), no conozco a nadie que no acepte la custodia compartida como el mejor de los sistemas para la atención y cuidado de los menores tras la ruptura matrimonial, lo que queda en evidencia en estos dos artículos, es que en el primer caso se entiende esta custodia como un resultado que sólo puede darse de la negociación entre ambos progenitores y, en el segundo, se desea que esto sea una imposición judicial, universal para todos los casos.
Si no lo he entendido mal, la señora Pérez Aicart y el señor Basanta Ortega, abogan para que en casos de conflictos familiares, como el recientemente conocido entre la bogada María Dolores Martín Pozo presunta inductora de asesinato y su ex marido Miguel Ángel Salgado y victima del anterior delito, el juez imponga la custodia compartida a los hijos o hijas de ambos, como la mejor opción para la salud psicológica de estos menores. (Por favor, vuelvan a leer este párrafo y piensen con serenidad”¦confío en su buen juicio).
Creo que lo explican muy bien porque, hasta donde yo sé, la reivindicación de las organizaciones que representan las personas firmantes del artículo es precisamente ésta; un sistema judicial que imponga la custodia compartida en todos los casos de separación y divorcio, basándose en que la tradicional maldad y ambición femenina, aprovecha el rol que tradicionalmente se le ha asignado, con la complicidad de los jueces (que, por cierto, debe ser el único supuesto conocido en el que los jueces parecen ponerse de parte de las mujeres) para evitar que los y las menores vuelvan a ver a su padre, dejándoles, de paso, sin un duro y viviendo debajo de un puente.
En mi caso, coincido con la otra argumentación, que es la que ha sido planteada por muchas de las organizaciones de mujeres feministas que han participado en este debate, es decir, custodia compartida sólo como resultado del acuerdo de las partes. Por lo tanto, creo que una persona que induce al asesinato del padre de sus hijos, probablemente no debiera tener la custodia de sus hijas e hijos, ni la compartida, ni la exclusiva. Creo que el sistema judicial no puede (y menos tal y como está), pero seguramente no debe, entrar a concretar las condiciones de la convivencia cotidiana de las personas, y su papel, en estos casos, es vigilar que el acuerdo entre progenitores no perjudica los intereses de los y las menores y, en caso de conflicto o falta de acuerdo, resolver sobre quien es la persona más adecuada para el desempeño de la custodia (que no de la responsabilidad de tutela, patria potestad, que en casi el 100% de los casos sigue siendo compartida).
Reconozco que me empieza a cansar la demagogia y argumentación literaria barata, (incluso diría que casi me aburre la argumentación de fondo de ambas posturas), para acabar discutiendo sobre si una presunta inductora al asesinato de su ex-pareja y su víctima tienen que compartir la convivencia cotidiana de sus hijos e hijas.
Compartir, es una acción de depende de la voluntad de las partes. No se puede obligar a compartir si no hay acuerdo con las condiciones en las que esta acción debe llevarse a cabo. Es posible que no se den tales condiciones en muchos casos y que debamos trabajar en convencer (nos), mujeres y hombres, de que el conflicto de una pareja no debe afectar al cumplimiento de las obligaciones contraídas, especialmente las familiares. Es posible que tengamos que reflexionar sobre la viabilidad económica de la vida familiar post-ruptura matrimonial. Bien, vamos a ello. Pero pretender que esto lo arregle un juzgado, imponiendo la custodia compartida caiga quien caiga es, sin duda, un sinsentido, estupendamente ilustrado, a mi juicio, en el artículo “œLos hijos compartidos”.
Para aquellos hombres buenos que, ya es mala suerte, tuvieron hijos o hijas con mujeres malas, malísimas, con las que el destino y el futuro sólo les depara la pelea diaria, la incomprensión o cosas aún peores, quiero hacer un llamamiento: Por favor, saquen a sus hijas e hijos de tan perniciosa influencia. Pidan la custodia exclusiva, no dejen que la sangre de su sangre sufra las consecuencias de su mala elección de pareja. Demuestren que son buenos padres. (Lo digo en serio) ¿O es que este baile va de otra cosa?