¿Cuánto vale el globo ocular de un hombre? ¿Y el de una mujer? Con esta curiosa reducción hemos visto cuestionada la creación del Ministerio de la Igualdad en una de las más extensas reflexiones periodísticas de este fin de semana.

Es evidente que el debate sobre qué es la igualdad y cómo deben gestionarse las garantías de la igualdad de oportunidades va a estar de moda esta temporada que esperemos sólo sea la de primavera-verano, pero que, en principio, se apunta como de largo recorrido.

Va a ser un momento estupendo para responder a este tipo de planteamientos y, esperemos, que de forma contundente.

Pero por si acaso, y habiendo visto que el planteamiento tiene tirón, vamos con una practica reflexiva.

La primera respuesta a la cuestión planteada es evidente:

  • El globo ocular de un hombre vale lo mismo que el de una mujer.

Es más imagino que salvo para especialistas en el análisis de ADN, para la inmensa mayoría de los mortales, sacados de su cuenca y puestos en una bandeja de plata, el globo ocular de una mujer y el de un hombre son prácticamente idénticos.

Desde otro punto de vista, parte de la tradición del derecho penal está construida sobre el valor de los globos oculares. El valor de resarcimiento del cumplimiento de la pena, presente en el derecho penal moderno, está fundamentada sobre la Ley de Talión, el famosísimo ojo por ojo, que tanto tirón continúa teniendo en muchos ambientes y que era convenientemente utilizado en el marco de la citada reflexión dominical.

Pero como somos algo más que la suma de nuestras células y la composición de nuestros órganos, enseguida las normas sociales han establecido condiciones de contexto que matizan la primera respuesta.

  • Valen lo mismo si estamos hablando de un hombre y una mujer que cuentan con el uso normal de sus dos ojos, porque si el hombre es tuerto, por ejemplo, es evidente que ese globo ocular masculino vale más, mucho más que el globo ocular de la mujer, que continuaría teniendo la capacidad de ver.

Porque el uso de las cosas es importante y el daño funcional que produce una pérdida a una persona también. A nadie se nos escapa que la nariz de una enóloga, tiene mayor valor que la de la media de la población, entre otras cosas porque no sólo hablamos de una aproximación sensorial a la realidad a través del olfato, sino del medio de vida de una persona.
Por poner otro ejemplo que actualmente tenemos presente en la publicidad, las manos de Iker Casillas, no valen lo mismo que las mías, ya lo lamento yo. Las indemnizaciones por daños y perjuicios y las empresas aseguradoras nos ofrecen amplias referencias sobre este tema, sin que hasta la fecha a nadie le haya parecido una vulneración intolerable de la Ley y los derechos de las personas.

Por último, y sólo por concentrarnos en la cuestión de los globos oculares, las circunstancias en las que un potencial daño físico se produce, determinan el valor penal e incluso económico que le concedemos a las cosas y por supuesto a los órganos humanos. La reprobación social que nos merece el acto en sí, apunta una nueva matización:

  • La perdida tiene igual valor si se ha producido en circunstancias similares, porque no es lo mismo que un señor haya perdido su globo ocular en un accidente de tráfico fortuito, por ejemplo, que una señora que haya perdido su globo ocular como resultado de reiteradas palizas.

Ninguna de las matizaciones que acabamos de hacer a la equivalencia de globos oculares son contrarias a la Ley ni quiebran el principio de igualdad de oportunidades y no discriminación por razón de sexo. No cuestionan el derecho a la igualdad, simplemente tratan adecuadamente hechos que no son iguales. (Perdón por la reducción pero parece que es lo que toca). La duda que nos queda (dicho metafóricamente, porque me temo que está muy claro) en relación con las reflexiones de equivalencia que se están haciendo estos días, es por qué se cuestionan sistemáticamente cualquier tipo de matización y posición activa a favor de la igualdad, cuando el análisis se refiere a mujeres y a hombres.

Las relaciones humanas se han organizado en torno a reglas sociales que nos han reconocido a todas y todos derechos, que deben traducirse en igualdad de oportunidades y de trato, lo que inevitablemente nos conduce a levantar la vista del texto legal para concentrarnos en las condiciones y prácticas sociales que están condicionando el resultado de la aplicación de los derechos sobre la vida de las personas. Posiblemente, habrá quien lo cuestione, pero las circunstancias sociales de mujeres y hombres no son las mismas y como consecuencia de ello, su relación con los derechos legalmente reconocidos,  está desequilibrada. Este fenómeno social, que no médico, ni biológico, ni genético, nos resta valor, calidad y eficacia social, democrática y económica.

Hay quien no lo entiende. Sin duda prefieren la mitología y las bases de la Ley de Talión como fundamento del funcionamiento social y concentrarse en la equivalencia de los órganos vitales, puestos sobre una bandeja de plata. Personalmente me gusta más la imagen y la idea de un Ministerio de la Igualdad.

Al menos que nadie se llame a engaño, detras de estos planteamientos que cuestionan un compromiso efectivo con la igualdad entre mujeres y hombres, no hay ningún conflicto moral, ni jurídico, ni filosófico, ni tan siquiera en el ámbito de la anatomía forense. Entre el globo ocular y el ministerio hay una distancia ideológica evidente. Que cada cual tome sus posiciones y clarifique si la igualdad es una posición teórica formal o, por el contrario, es un valor social que debe estar en el centro de las preocupaciones de los poderes públicos.