Aunque en diferentes ocasiones he manifestado mi disconformidad con el funcionamiento político de la RAE y la desconfianza que algunas de las definiciones de su diccionario me producen, voy a volver a utilizar la referencia común de su diccionario como punto de arranque de esta reflexión.

Consenso: Acuerdo producido por consentimiento entre todos los miembros de un grupo o entre varios grupos.

Es decir, que para que exista un consenso, todas las personas que intervienen en una toma de decisión tienen que manifestar su consentimiento en que una cosa determinada se haga, se escriba, se difunda, etc… dependiendo de los casos.

Tenemos también aquello de que "quien calla otorga", es decir que podríamos presuponer consenso si en un grupo alguien manifiesta su intención de hacer una cosa en nombre de todas y nadie expresa su disconformidad.

Pero hay situaciones en las que se hacen cosas sin necesidad de la concurrencia del consentimiento de las personas que están participando en un grupo, a veces, incluso contra los procedimientos democráticos de decisión por mayoría. Sin embargo hay personas que creen, increíblemente, que esto es un consenso, y lo mejor es que lo confunden con la lucha por los derechos, desde una acción profundamente revolucionaria, como si para eso se necesitara consenso.

Por poner un ejemplo concreto. Imaginemos una situación en la que sólo una persona está habilitada para poder hacer algo. Por concretar este ejemplo, simple ficción para la reflexión cuya coincidencia con la realidad será mera coincidencia, imaginemos que legalmente sólo una persona está habilitada para poder impulsar una impugnación de una resolución administrativa o la presentación de un recurso. Imaginemos que en una reunión de pongamos 40 personas la susodicha habilitada dice que quiere presentar por consenso la citada impugnación.

En este contexto un consenso sería, de acuerdo con la definición ofrecida, la expresión del consentimiento por parte de las 39 personas restantes de esa reunión o al menos que ninguna de las 39 personas expresara su desacuerdo con esta actuación. Al contrario, si digamos, más de 20 personas presentes en esa reunión expresan claramente su desacuerdo con la citada impugnación, de ninguna manera puede decirse que hay consenso y si la habilitada para recurrir, ante la evidencia de la falta de apoyo a su iniciativa dice “Ya pero de todas formas como yo tengo la capacidad de hacer esto lo voy a hacer, digan ustedes lo que digan, porque no estoy de acuerdo con sus planteamientos”, está claro no sólo que no existe consenso sobre el recurso, sino que estamos ante una persona que no respeta los mecanismos democráticos de toma de decisiones.

Pero claro, es más guay decir que como ninguna persona en la sala tiene ninguna posibilidad de evitar que el recurso se presente, hay consenso. Se confunde de esta forma lo que es un procedimiento de imprescindible negociación, con una imposición no sólo propia del patriarcado más rancio, que siempre ha tenido problemas con el reconocimiento del consentimiento individual, especialmente de las mujeres, sino de procedimientos carentes del más mínimo respeto a la opinión de las personas y al sistema democrático que, de momento, es el que mejor garantiza la protección de nuestros derechos. Además, así podemos acusar a 20 personas de romper un consenso que, en realidad, nunca ha existido, en un ejercicio de demagogia de alto nivel. ¿Por qué la gente es tan complicada?

Asisto, en ocasiones, absolutamente estupefacta, a espectáculos de estas características que suceden delante de mis ojos y a la vista de mucha gente y dudo. Dudo entre los planteamientos de Fremman en la “Tiranía de la falta de estructuras”, o mis propias conclusiones extraídas del hartazgo que me produce el clima predominante en algunos círculos de participación política, donde parece que se impone la falta de ética en la negociación y la comunicación, con el único objetivo de imponer intereses e ideas propias, sin que importe un bledo lo que piense el resto de la humanidad, a quien de todas formas, no se respeta ni se escucha y sobre la que se aplican bochornosos prejuicios, sólo por pensar diferente.

Que le vamos a hacer. Hay gentes que tienen claro que no van a dejar pasar su momento de gloria personal, su oportunidad de protagonizar una polémica, sólo porque la mayoría no esté de acuerdo, sea cual sea el resultado de su acción y el daño producido. Son personas que, además, tienen comportamientos recurrentes, que siempre te encuentras haciendo lo mismo, en idéntica posición de negación de la opinión del resto, erigiéndose en guardianas de las esencias, monopolistas de la razón y la ideología. Personas a las que el resto, molestamos y que siempre consiguen colaboraciones necesarias para sus raquíticos fines, que solo tienen sentido si se cubren con la mentira de una conspiración y el disfraz de una posición usurpada.

El contexto en el que he asistido, me temo que por penúltima vez, a este espectáculo y mis opiniones sobre las diferentes responsabilidades, lo dejo para más adelante. No es el momento y yo, sí me siento responsable del daño que, para lo que realmente importa, pueda hacer lo que digo, pienso y defiendo. Y aunque a veces sólo resta una cosa por hacer, siempre puede decidirse hacerla causando el menor daño posible.

Para quienes crean que puede jugarse con los consentimientos de las demás y que trabajar en consensos es imponer sus posiciones, caiga quien caiga y lo que caiga,  vuelvo a sugerir ejercicios de conjugación, en esta ocasión con varios verbos; escuchar, negociar, acordar, consensuar.