Hará unos cuantos años. Un grupo de mujeres se manifestaba por las calles de una capital de provincia en protesta por las condiciones laborales que su empresa, fuertemente feminizada, quería imponerles. Un simpático transeúnte que pasaba por allí, a la vista de lo que le debió parecer un espectáculo impropio, comenzó a berrear todo tipo de insultos de los que hacen referencia a la conducta sexual, y que tanto se utilizan contra las mujeres, culminando su perorata el consabido, “iros a fregar”.

Quiso la mala fortuna que también pasara por allí un ciudadano, a quien lo que le pareció impropio fue la incontinencia verbal del primero, y se dirigió a él para afearle la conducta:

“¡Pero hombre! Tenga usted cuidado con lo que dice, que en ese grupo podrían estar su mujer, su madre, sus hijas o sus hermanas”.

No debió el reproche ser del gusto de nuestro primer amigo ya que, sin mediar palabra, arremetió contra su interlocutor, con el resultado de tabique nasal roto y desprendimiento de retina.

Preguntado por el juez a qué se debió tan airada reacción en contra de su conciudadano, vino a argumentar, que el agredido, había insultado y llamado putas a su madre y demás mujeres honestas de su familia. Me gusta imaginar que en ese momento la sala se llenó del mismo estupor que me causa a mí esta historia.

Bien podría ser una fábula sobre cómo funcionan los estereotipos sexuales, pero es un hecho real, incluso responde al patrón de varios hechos reales que me han sido relatados o de los que directamente he sido testigo a lo largo de los años. Por eso he concluido que debe ser que en la cabeza de algunos conciudadanos, una cosa es insultar y degradar a las mujeres, en plural, y otra cosa distinta tomar conciencia exacta del valor de lo dicho y del efecto que produce la individualización de sus palabras. Debe ser que ambos aspectos están disociados en algunos cerebros, hasta el punto de que la toma de conciencia sobre la relación entre lo uno y lo otro, genera extrañas alteraciones tanto en el comportamiento como en el razonamiento de dichos individuos.

El episodio acontecido esta semana con el recién nombrado y dimitido Presidente del Consejo General de la Ciudadanía Española en el Exterior,José Manuel Castelao, me ha vuelto a recordar esta historia. En este caso el exceso verbal resulta doblemente impactante en boca de un representante y servidor público con una larga trayectoria:

“Las Leyes, como las mujeres están para violarlas”.

Curiosa expresión para quien se ha sentado en escaño legislativo. Pero más allá de calificar el hecho, ya que coincido con muchas de las valoraciones que en estos días han explicado lo indignante, censurable e intolerable de este comportamiento, quiero trasladar mi sorpresa por el contenido de las justificaciones que utilizó el Sr. Castelao, en declaraciones realizadas a los medios de comunicación, para explicar el exabrupto.

– No lo decía en “ese”  sentido. – lo que inmediatamente me lleva a preguntarme cual es el “otro” sentido que se le puede dar a la frase.
– Soy devoto admirador de las mujeres. – lo que me lleva a pensar que este ha sido el instante en el que se ha acordado de su madre, sus hijas, su esposa, o la Virgen del Pilar, que también juega en el mismo equipo.

Somos responsables de lo que decimos, de las manifestaciones y opiniones que difundimos y del efecto que produce el significado de nuestras palabras. Hacer en foro público manifestaciones que inciten o disculpen la violencia ejercida sobre las mujeres no tiene un doble sentido aceptable y puede llegar a ser un delito. Justo en estos días, se está juzgando a otro individuo a quien le debió parecer gracioso difundir un vídeo con 20 formas de matar a una mujer en bicicleta, desde la página web que contenía las actividades y el ideario de su partido político, sin que en este caso las protestas y denuncias recibidas tuvieran efecto alguno.

Si alguien no quiere decir lo que dice, lo mejor es que no lo diga, sobre todo si sus palabras apuntan a no respetar las leyes o los derechos de las personas, y suele ser un buen método pensar antes de abrir la boca. Quizá esto no está muy de moda, o puede suceder que se carezca de la sensibilidad o la formación democrática suficiente para poder hacer el análisis, por lo que, además, recomiendo que, en los casos en que se vayan a utilizar ejemplos femeninos, especialmente por parte de hombres que se declaren devotos de las mujeres, se piense antes en la Virgen del Pilar, o en la propia madre, que seguro es una santa. Ya verán que el resultado es mucho mejor y más sencillo que tener que justificar después, que lo que se dijo, no era lo que se quería decir, para intentar eludir una responsabilidad sobre lo dicho.

También tengo un método alternativo para quienes caen en la tentación de emitir juicios generalizados sobre el comportamiento femenino basándose en los consabidos lugares comunes y en el mito de la intrincada y contradictoria psicología femenina, tal y como le ha pasado a Amaya Montero, también en estos días.

 

Antes de generalizar sobre los deseos o intenciones de todas las mujeres, les pido que tengan en consideración que no todas pensamos igual y que hay muchas mujeres, entre las que me encuentro, que cuando decimos NO, queremos decir (adivinen) NO. Particularmente, en mi caso, si en algún momento quiero decir otra cosa, pues voy, y la digo, sin necesidad de traducción simultánea. Quizás así, no haga falta tener que insultar al respetable para justificarse, cuando se dice, en este caso, una tontería.

Publicado en el Blog Ellas de Elmundo.es