Modelo social y modelo económico van de la mano. Esto es especialmente evidente desde la revolución industrial. El modelo de producción de bienes y servicios que se construyó en ese momento, fue en gran medida responsable de la consolidación de un modelo social urbano, construido en torno a la familia nuclear y un modelo de organización familiar basado en un reparto rígido de tareas que se conoce como división sexual del trabajo. El desarrollo y distribución de los derechos individuales entre mujeres y hombres, se ajustó a este modelo y la consecuencia ha sido el tardío reconocimiento de los plenos derechos de ciudadanía de las mujeres, incluso en los estados de mayor tradición democrática, y una tarea de reivindicación que dura ya más de dos siglos.

Un resumen precipitado pero que viene al caso en relación con algunas reflexiones que he leído en los últimos días sobre la relación que existe entre crisis económica igualdad y derechos de las mujeres. Porque hay quien piensa que “con la que está cayendo, no es el momento de ocuparse de esto de la igualdad”es más, empieza a ser una idea más extendida de lo habitual que contribuye a extender la creencia de que la igualdad entre mujeres y hombres es un lujo que no nos podemos permitir.

Parece además que las recetas de las políticas generales, las que se están aplicando en España, y en toda Europa para el control del déficit, se hacen eco de esta idea ya que, de momento, se han basado en dos cuestiones básicas, reducción de los servicios públicos, en primer lugar, y un contexto de regulación de las relaciones laborales más rígidos, donde la plena disponibilidad y la adaptación a condiciones cambiantes apuntan a un modelo de mano de obra plenamente disponible y con pocas distracciones familiares y personales. Ambas cosas tienen consecuencias directas y en el medio plazo sobre el modelo de relaciones familiares y sobre la posición social de hombres y mujeres.

 

En esta senda, podemos predecir una mayor carga de trabajo para las familias, relacionadas con las responsabilidades de atención y cuidado fruto de los recortes en servicios públicos y prestaciones sociales (piensen en los recortes de la educación 0 a 3, en las ayudas a la dependencia o en algunas propuestas que se han barajado de la atención sanitaria), y menos posibilidades para encajar en un puesto de trabajo o de mantener su empleo para las personas que tengan que asumir estas obligaciones, en un marco más rígido de relaciones laborales promovido por la reciente reforma laboral, que apunta a perfiles laborales capaces de adaptarse a cambios bruscos de las relaciones laborales. En un contexto de pérdida general de empleo como el que tenemos nos queda por ver cómo se distribuirán estos efectos entre mujeres y hombres, especialmente cuando la cosa empiece a recuperarse, pero la experiencia de otros momentos de crisis es que, previsiblemente, las mayores afectadas serán las mujeres, que perderán oportunidades de inserción laboral, también por la pérdida de empleo público fuertemente feminizado, e independencia económica.

Para los más críticos, decir que puede ocurrir que gracias a los mayores niveles de cualificación que las mujeres hemos alcanzado y al nivel de inserción en el mercado laboral de las mujeres más jóvenes, la decisión sobre quién asume las tareas de cuidado y quién se dedica plenamente a trabajar o a buscar un empleo dentro de las familias, no se hará a costa de la participación laboral de las mujeres, como se hizo en la revolución industrial o en otros momentos de crisis, y que serán muchos hombres, (y utilizo muchos en el sentido estadístico, y no en el de la casuística tan de moda en este tiempo) los que asumirán la parte de cuidados familiares y domésticos que se desatienden desde los servicios públicos. Los milagros existen, los laicos y sociales también, pero son poco probables. En cualquier caso, estaríamos en presencia de un fenómeno que reducirá las rentas familiares y sacará recursos productivos del mercado laboral, lo que no parece muy recomendable como receta para la recuperación económica.

La reflexión sobre la igualdad, lo que hemos aprendido durante las últimas décadas sobre las causas y las consecuencias de la desigualdad y la discriminación por razón de sexo, no son independientes de las cuestiones básicas que tienen que ver con el bienestar social y el crecimiento económico.Trabajar y reivindicar la igualdad en todas las políticas públicas no puede ser un lujo ni algo superfluo o complementario, sino que tiene que estar en la base misma de las decisiones políticas actuales y ser una “prueba del nueve” para juzgar la viabilidad y la sostenibilidad de las propuestas económicas. Lo contrario es desandar un camino y volver a dar por buenas las sugerencias refranero español; aquello de la mujer en casa y con la pata quebrada (derivada que merece análisis aparte), como base para un modelo de relaciones sociales y familiares, que ya sabemos dónde conduce y que al menos yo no quiero ni aún en el supuesto de que sean los hombres quienes se queden en casa.

Publicado en el Blog Ellas de @Elmundo.es