Cosa rara es la brecha salarial. El fenómeno por el que estadística y sistemáticamente las mujeres perciben menores retribuciones que sus homólogos varones en todos los sectores y escalas laborales, se ha mostrado como uno de los efectos más escurridizos y difíciles de abordar de la discriminación laboral por razón de sexo.

En primer lugar, es difícil de identificar. No suele mostrarse de forma directa. No suele haber dos puestos de trabajo idénticos que tengan diferentes retribuciones según sea un hombre o una mujer quien lo ocupa. La brecha se disfraza y se camufla en el marco general de las condiciones y categorías laborales, se alía con los sistemas de selección y de promoción de las empresas, y se entrelaza con otros fenómenos de discriminación laboral por razón de sexo como son la segregación horizontal y vertical.

Es anti-intiutivo, porque es inversamente proporcional a las causas a las que comúnmente atribuimos la discriminación laboral de las mujeres. Por ejemplo, no parece tener relación con la formación. De hecho las mayores brechas salariales entre mujeres y hombres se producen en profesiones con los salarios más altos como puestos directivos o trabajos en el sector de la intermediación financiera.

Tampoco parece que se repare gracias a una mayor participación laboral de las mujeres, de hecho en España las diferencias más altas se producen en comunidades autónomas donde la presencia de las mujeres en el empleo es más alta. Por el contrario, en los sectores fuertemente masculinizados, donde hay pocas mujeres, se aprecian menos diferencias salariales.

Es cierto que una parte importante de ese 22 por ciento de media que ganamos de menos las mujeres que los hombres, tiene que ver con las jornadas laborales. Las mujeres son las que más uso hacen de las jornadas laborales a tiempo parcial y de los permisos por maternidad y guarda legal, pero no es explicación suficiente ya que las diferencias se aprecian también considerando las retribuciones medias por hora.

En definitiva, un lío que no hay quien entienda, que hunde sus raíces en aquellos tiempos en los que las mujeres cobraban menos por seleccionar las cerezas, que los hombres por cogerlas del árbol, nadie se acuerda por qué, y que ha evolucionado en convenios colectivos que ajustan las retribuciones de sus categorías laborales y sus pluses de acuerdo con el sexo mayoritario que desempeña el trabajo. Todo esto, de vez en cuando, produce una sentencia condenatoria contra empresas e instituciones, más que significativas, que son sancionadas pero que niegan taxativamente estar discriminando a su personal.

No es de extrañar que este sea uno de los objetivos de las políticas de empleo a nivel europeo de las últimas décadas. El Parlamento Europeo, en su Resolución de 18 de noviembre de 2008, hizo una serie de recomendaciones sobre la aplicación del principio de la igualdad de retribución entre hombres y mujeres. Una buena reflexión sobre el hecho de que el mercado laboral continúa mostrándose incapaz de distribuir equitativamente sus beneficios, también, entre mujeres y hombres. Si queremos que esto no pase, es necesario intervenir con políticas activas. Más o menos aquello de que la naturaleza hace vinagre y que el buen vino sólo se consigue a través de procesos controlados por humanos, con objetivos precisos y métodos rigurosos. Con la igualdad en el empleo es igual.

Según el Parlamento Europeo, ayer, 22 de febrero, las mujeres europeas conseguimos equiparar nuestras ganancias medias con las percibidas por los hombres europeos durante  2011. Hemos necesitado, en el mejor de los casos, 53 días más. Empezamos con retraso el 2012. Y así todos los años.

Publicado en el Blog Ellas de Elmundo.es