A veces me engancho con los programas de tele que nos cuentan las aventuras y desventuras de compatriotas en el extranjero. Gentes de diferentes procedencias regionales en España, que han construido su vida en países cercanos o lejanos, que algunas veces no están en nuestra cabeza ni siquiera como destino turístico. Así nos enteramos de cómo se superan inclemencias del tiempo desconocidas en estas latitudes, o de cómo buscar trabajo, casa o atención médica en Chile, los países nórdicos, Namibia o Laponia.

Recuerdo vagamente un programa en el que una compatriota residente en Noruega, contaba su experiencia de buscar y encontrar trabajo estando embarazada. No es que yo haya sufrido mucho por esta causa, pero no pude evitar pensar en las mujeres españolas, trabajadoras temporales embarazadas, comprando ropa ancha para disimular un incipiente embarazo, esperando superar el periodo de prueba. Intenté imaginarme el mismo escenario, un embarazo de ocho meses y una prueba de selección en una empresa española…

Con el Real Decreto-ley 3/2012, de 10 de febrero, de medidas urgentes para la reforma del mercado laboral, recién echado a andar, no puedo evitar hacer comparaciones. No me voy a limitar a la conclusión evidente de que es una reforma que inevitablemente perjudicará en mayor medida a quienes tienen posiciones más débiles en el mercado laboral, es decir, estadísticamente las mujeres. La reflexión en este caso va, además, de otra cosa.

Desde mi posición de española inserta en el mercado laboral desde casi pequeña, entiendo que una empresa que no tiene problemas en hacer una contratación a una persona que se va a ausentar por motivos de maternidad, incluso pocos días después de firmar un contrato, tiene una idea de las relaciones laborales que se parecen más a una inversión a medio largo – plazo, que a una mera necesidad de coyuntura en la producción, sustituible y prescindible a la primera de cambio. No puedo evitar imaginar que entender de esa forma las relaciones laborales, sin duda, construye un escenario en el que palabras como productividad, seguridad, formación o flexibilidad, adquieren un significado distinto del que nos manejamos por aquí.

Ha habido en estos días opiniones mucho más doctas que la mía sobre el tema, pero incluso desde la comprensión de que una empresa no puede mantener a toda costa los puestos de trabajo si los resultados económicos son malos, me pregunto si la reforma laboral del flamante decreto apunta a un escenario de mayor calidad en las relaciones laborales, que nos cure del miedo a contratar y de la idea de que los derechos laborales son una carga económica para las empresas y un elemento contra la productividad. La respuesta la encuentro en la Disposición final primera del decreto, relativa a las modificaciones en materia de conciliación de la vida laboral y familiar.

A partir de esta reforma, la reducción de jornada por guarda legal, que se acompaña de la correspondiente reducción salarial, sólo se podrá ejercer en la modalidad de reducción de la jornada diaria y no semanal ni mensual, como podía hacerse en algunos casos hasta ahora. Mira que le he dado vueltas, pero no se me ocurre ninguna razón más allá de que si la reducción es diaria, en realidad no hay necesidad de sustitución de la trabajadora o trabajador que la solicite, mientras que si es semanal o mensual, es posible que, por motivos organizativos, la empresa tuviera que hacer un contrato nuevo para sustituir la ausencia. La carga de trabajo diario que se deja vacío, se sobrecarga con facilidad sobre el resto de la plantilla, no así si hablamos de un día a la semana o unos días al mes.

¿Pero esta reforma no era para crear empleo? ¿Pero no se nos ha dicho que la conciliación era una de las prioridades de la organización del mercado laboral? No se qué tiene previsto la Ministra de Igualdad en su plan para la conciliación, pero mucho va a tener que ser para contrarrestar esto. Nos dicen flexibilidad, pero en realidad, gran parte de las medidas del decreto añaden rigideces a la comprensión y definición de qué es un puesto de trabajo y cómo se gestiona. Esta reforma nos acerca un poco más a la idea de que sólo hay lugar en el empleo para perfiles plenamente disponibles, capaces de acomodarse a las peores condiciones, fácilmente intercambiables, que no compliquen mucho la gestión organizativa de las empresas. Malo para los derechos de los trabajadores y las trabajadoras, pero malo también para las empresas y la productividad, que no tendrán motivos para mejorar su gestión de recursos humanos. Y ya conocen el chiste: Entonces de igualdad ni hablamos ¿no?

Cuando entendemos que incomodar lo más posible la posibilidad de organizar los intereses y necesidades familiares y su compatibilidad con la relación laboral, es algo que nos va a ayudar a acabar con los más de 5 millones de personas en desempleo, casi la mitad mujeres, es el momento de preguntarse ¿qué comen en Noruega?

Publicado en el Blog Ellas de Elmundo.es