Aún en plena resaca electoral se hicieron los primeros análisis del resultado electoral desde la perspectiva de la participación de mujeres en las dos cámaras legislativas. El resultado, es que en ninguna de las dos se llega al 40 por ciento de mujeres, porcentaje mínimo que identifica la Ley de Igualdad para que se cumpla el principio de participación equilibrada.

Como soy de las que se guardan las cosas, saco mis notas de comentarios al proyecto de Ley de igualdad que en su momento, año 2007, trabajamos para hacer propuestas de mejora desde diferentes organizaciones de mujeres. Dicen así:

“Si la voluntad de la Ley es que la participación de las mujeres sea, de forma efectiva, al menos el 40 por ciento en cada una de las cámaras, el sistema propuesto para la elaboración de las listas electorales difícilmente lo garantizará. La única formulación que garantizaría ese resultado es la elaboración de listas cremallera, es decir, aquellas en las que la alternancia de personas de uno y otro sexo es automática a lo largo de toda la lista. La fórmula propuesta por la Ley garantiza la presencia de mujeres en las listas pero no en los resultados electorales, en los que la presencia de mujeres podría disminuir.”

Por lo tanto queda el triste consuelo de decir aquello de ya lo dijimos. El resto de lo que no explican las noticias sobre el tema durante estos días pasados, es que queda por averiguar si el problema tiene que ver con los conocimientos sobre matemáticas y estadística de quienes legislan, de los partidos políticos y de la propia prensa, o sólo es lo de siempre.

Esto aparece

El principio de participación equilibrada, se regula como un elemento de calidad respecto de la representación política y ciudadana. Pero basta un vistazo a las propias listas electorales para darse cuenta de que no es así como se maneja. Y por si alguien se despista, siempre hay voluntarios dispuestos a desacreditar el sistema; sólo hay que escuchar unas recientes declaraciones de Alfonso Guerra respecto a los sistemas de selección de personal de los partidos políticos. Es decir, cualquier regulación sobre este tema debe contar, o mejor descontar del resultado perseguido, el efecto de lo que podríamos denominar el síndrome del cumplimiento mínimo de la Ley, y dejar de fiar a la buena voluntad de las personas y las instituciones el resultado esperado, aunque haya que reconocer, que en cuestiones de buena voluntad tampoco todos somos iguales. Solo hay que ver los porcentajes de mujeres que tienen cada uno de los grupos políticos con representación parlamentaria.

En resumen, ha disminuido en términos relativos la presencia de diputadas en el Congreso del 36 por ciento de la anterior legislatura hasta el 35,7 por ciento. Respecto del Senado mejor ni mirar, y sin esperanza de que se vaya a compensar con las designaciones que se realicen desde las Comunidades Autónomas, simplemente porque no hay sistema previsto en este sentido. Es lo que hay, pero desde luego no es sorprendente, al contrario, era previsible y esperado.

Aún así, precisamente por lo previsible del asunto, no podemos decir que la Ley no sirve para nada. La ley se ha cumplido en los términos previstos y ha producido los resultados que fácilmente se podían esperar con las medidas que contemplaba. Estas medidas, al menos continúan garantizando un suelo de participación mínima del sexo menos representado que, en relación con la participación de las mujeres, nos coloca en un buen nivel considerando, por ejemplo, otros países europeos, pero nada más. Si se pretende otra cosa hay que darle otra vuelta. Cuando una quiere apretar una tuerca del 12, debe agenciarse una llave del 12, porque si no, no funciona.

Publicado en el Blog Ellas de Elmundo.es