Hace unos días se montó lío-show-polémica-tertuliana, en relación con los cuentos infantiles tradicionales, en las que se manejaron acusaciones sobre la necesidad que tiene el feminismo y las feministas (materializados, como no, en el Ministerio de Igualdad y en su Ministra) de censurar cualquier cosa, en este caso, la literatura tradicional y los cuentos de toda la vida. Como consecuencia del lío-show, he continuado leyendo algunas referencias más, esta vez en lo que podemos considerar medios más serios, en las que bajo un tratamiento distinto, más sosegado, he leído opiniones expertas, sobre el papel fundamental que tienen estos cuentos en el desarrollo psicosocial y el aprendizaje de niñas y niños. Para ser justa he de decir que también se recogían posiciones políticas y opiniones sobre la necesidad de generar nuevos referentes, pero el tratamiento, supongo que en aras de la tan famosa objetividad periodística, era bastante equilibrado.

Y es que a veces, en medio del ruido de los líos-shows, posiciones supuestamente equilibradas sólo sirven para que se coloquen argumentaciones que difícilmente resistirían un análisis más calmado, sin el ruido de fondo. La prensa pretendidamente seria hace mucho esto y acaba poniendo en el mismo lugar argumentos tramontanos junto con reflexiones perfectamente argumentadas y documentadas, particularmente cuando hablamos de igualdad y feminismo.

Si decimos que es necesaria una revisión de los libros de texto y los materiales educativos para adecuarla a la realidad de la vida de mujeres y hombres, seguramente mucha gente estará de acuerdo. De hecho esto lo dice, en este momento, la propia Ley de Igualdad, y ya hace mucho tiempo que forma parte de las recomendaciones y orientaciones educativas cuando hablamos de coeducación.

Pero si hacemos caso a algunas de las voces expertas, no podemos cuestiona a  la cenicienta ya que se trata de un referente de aprendizaje fundamental para el desarrollo de los y las menores de este país. ¿En qué quedamos? No se puede querer una cosa y la contraria, pero las versiones moderadas de la polémica, parecen indicarnos que ambas posiciones tienen el mismo valor, aún cuando no tenemos el menor sonrojo en afirmar, que la solución a la igualdad entre mujeres y hombres está, sin duda, en la educación.

Creo que no estamos dando una respuesta adecuada a este tipo de planteamientos que desafortunadamente se están repitiendo mucho. ¿Será porque nos da vergÁ¼enza? La acusación de censoras y totalitarias que se vierte contra las feministas en muchos de estos debates, pesa mucho, incluso, en este caso, aunque nadie ha pedido una pira crematoria para estos cuentos (a lo largo de la historia los que han quemado libros han sido otros, no las feministas, perdónenme).

Personalmente siento la necesidad de decir que, como madre que ha leído, a la hora de ir a dormir muchos, muchos cuentos, he preferido buscar algún que otro referente además de los cuentos tradicionales y que aún hoy, con una adolescente en puertas, cada vez que me enfrento a la necesidad de comentar una peli, una serie o cualquier otra cosa del corte princesas y príncipes con mi hija, prefiero explicarle que, si la cenicienta hubiera estudiado y hubiera tenido las oportunidades que ella tiene ahora, no tendría que haber pasado por ninguna de las humillaciones a las que le sometió su madrastra. Desde luego, no tendría que haber esperado que el príncipe la encontrara, que se pierde mucho tiempo con este sistema y a lo mejor te encuentra uno que no te gusta, y que el tamaño del pié no suele ser un buen criterio de elección para seleccionar la persona con la que vas a compartir proyecto de vida y afectos. Llámenme rara, pero creo que esto forma parte de mi obligación.

Es posible que haya gente que piense que los modelos de relación social en general y entre hombres y mujeres en particular, que se gastaban a finales del siglo XVIII y principios del XIX, por citar la época de los hermanos Grimm o de Andersen, puedan estar plenamente vigentes como referente para el aprendizaje y el desarrollo de niños y niñas. Yo no lo pienso así, no sólo como feminista, que lo tengo muy bien conceptualizado, sino como ciudadana y como madre. En la época en la que se escriben estos cuentos, procedentes en buena parte de la tradición oral, que la cenicienta, por ejemplo, pudiera estudiar y tener la posibilidad de elegir un destino diferente, no estaba dentro de lo humanamente concebible. ¿No convendría, por lo tanto, algún referente más sobre cómo encontrar la pareja perfecta y lo de las perdices? Lo digo sobre todo por lo del aprendizaje y el desarrollo psicosocial.

Revisar el sistema educativo y la transmisión cultural que hacemos a las generaciones futuras, pasa por cuestionar los modelos de relación tradicional entre mujeres y hombres. También los que se nos ofrecen a través de los cuentos de la literatura tradicional que por supuesto se pueden leer y también se pueden cuestionar. No pasa nada. No hay ningún sacrilegio ni en hacerlo, ni en decirlo. Y esto está muy lejos de pretensiones de censura y de piras crematorias que, repito nadie está pidiendo. Desde luego yo no quiero quemar ni un solo libro, soy de las que piensa que no sobra ninguno, pero tampoco creo que los cuentos tradicionales sean un referente educativo imprescindible. Es necesario explicar estas pequeñas historias en su contexto social, elaborar y encontrar otras, que de forma natural ya están surgiendo, y usarlas. Sólo es esto, nada más, y es completamente razonable.

La furibunda reacción de ciertos sectores sociales y periodísticos a casi cualquier propuesta que proceda del ámbito de la igualdad entre mujeres y hombres, el ruido que originan con sus reflexiones, sus conclusiones tramontanas y sus gracietas, no nos dejan pensar con claridad. Es un buen método, les va bien ya que muchas veces genera duda, confusión social y opera en contra de la credibilidad de las propuestas para la igualdad, legisladas y perfectamente razonables. No parece, de momento, que tengamos respuestas adecuadas desde los territorios de lo razonable. ¿Qué nos está pasando?