Preámbulo

Una de las primeras veces que estuve en Bruselas, un compañero, Raúl, me dijo que la Grand Place le recordaba de alguna manera a la Plaza Mayor de Cáceres. Evidentemente la afirmación no estaba basada en motivos arquitectónicos, sino en un “queséyo?” de la forma que ambas plazas tienen de integrarse en la estructura y la vida de la ciudad. Desde entonces, cada vez que he viajado a Bruselas, casi siempre por motivos de trabajo, no he podido evitar este recuerdo.

Raúl tiene gran parte de la culpa de la relación afectiva que yo tengo con la Grand Place. No puedo por menos que agradecerle que, gracias a aquella tontería que comentamos, hace ya muchos años, (seguro que él ni se acuerda), cada vez que voy a Bruselas, a poco que pueda, haga una particular peregrinación, convirtiendo lo que la mayor parte de las veces son incómodos y nada agradables viajes de trabajo, en un ejercicio evocador muy reconfortante; el repaso de mi itinerario de vida desde un momento de mi niñez en que me sentaba en las escaleras de la Plaza Mayor de Cáceres, y el significado que para mí ha tenido una ciudad como Bruselas y haber trabajado con cuestiones relativas a las políticas comunitarias. Hacía, además, mucho tiempo que no lo hacía “in situ”.

Muchos recuerdos, la mayor parte muy gratos. Mucho aprendizaje y también muchas expectativas, especialmente en relación con las políticas de igualdad de oportunidades y los derechos de las mujeres. Gran parte de las cosas que hoy sé y pienso sobre las políticas de igualdad, tienen mucho que ver con las políticas comunitarias, con la Comisión europea, con el Parlamento, y en muchas ocasiones, son cosas que tengo entrelazadas con los recuerdos de los viajes a Bruselas y una panorámica de la Gran Place. De ahí a Cáceres y vuelta a empezar. ¡Que tonto! ¿no?

Ayer, con motivo de mi participación en las jornadas “Hacia una nueva estrategia de igualdad de género de la UE”, organizadas por la Comisión de los derechos de la Mujer del Parlamento Europeo, tuve tiempo para cumplir con el ritual completo. Cogí el metro en Shuman, bajo el Berlaymont, me bajé en la Gare Crentral, y de ahí me fui caminando, bajo la lluvia, eso sí, que me tuve que comprar un paraguas, hasta entrar en la Grand Place. Paseo hasta la Bourse, cerveza de trigo en Le Roi d´Espagne y compra de bombones en Leónidas. (Sí ya se que la mayoría prefiere los Godiva, pero esto, también, es una cuestión afectiva). Al final hasta salió un poquito el sol. Perfecto.

Tan reconfortada estoy, que me cuesta mucho contar lo que pasó en la jornada y que debería narrar para ser coherente con la temática de este blog y el título de este post. Pero me suelen pasar estas cosas cuando los recuerdos son mejores que los acontecimientos. (Suspiro y fundido en negro)

El relato de la Jornada.

Tengo que elaborar aún, el punto de decepción que tengo con el tono global del debate en el que ayer participé. Estoy segura, quiero estarlo, que en la elaboración de la nueva estrategia se acabarán imponiendo las cuestiones que buscan un impulso serio de las políticas de igualdad en el ámbito europeo que, además, acelere el desarrollo de las políticas de igualdad en los Estados Miembros, como ya ha pasado en otros momentos. Estoy casi segura que el planteamiento de los derechos de las mujeres y la transversalidad considerada desde el enfoque se su eficacia y el rendimiento de cuentas, serán criterios que estén presentes en la elaboración de esta nueva estrategia, o al menos quiero creerlo y así lo expuse. Pero lo cierto es que estuvimos mucho más tiempo hablando de los problemas específicos de inclusión social que tienen las mujeres y de la forma de “compensar” el esfuerzo y la dedicación de las mujeres a las tareas de cuidado, que de los cambios estructurales que son necesarios para que estas situaciones, sencillamente no se produzcan.

Contradicciones muy grandes, ya que mientras algunas, por ejemplo, proponíamos estrategias de presupuestos de género que incluyeran una revisión de los incentivos fiscales a las familias, que en realidad son un desincentivo para la participación sociolaboral de las mujeres, otras hablaban de la necesidad de reforzar la libre elección de las mujeres y de los sistemas de ayuda a las familias. Mientras algunas hablábamos de la necesidad de equilibrar los permisos de hombres y mujeres en relación con las tareas de atención y cuidado en un horizonte temporal razonable, utilizando para ello la legislación, otras hablaban de que hay cosas en la vida que no se pueden legislar.

Hubo incluso algunas perlas impropias de una jornada que se suponía debía debatir sobre retos a partir de lo hecho en materia de políticas de igualdad en la UE. La experta italiana, demógrafa, que hizo un repaso sobre las diferentes situaciones de exclusión social de diferentes colectivos de mujeres, llegó a insinuar que la situación de pobreza de las mujeres solas con cargas familiares, como consecuencia de una ruptura matrimonial, es de carácter temporal y que se resuelve si la mujer encuentra otra pareja. (Es completamente en serio)

Hubo otra. Una eurodiputada inglesa, componente de la comisión de los derechos de la mujer, le preguntó a Belinda PYKE, directora de igualdad entre mujeres y hombres de la Comisión Europea, si la forma correcta de dirigirse a ella era como “señora” o “señorita”. (De verdad, también es en serio)

Más allá de las anécdotas, que hubo más, he vuelto a cobrar conciencia de la responsabilidad que tenemos quienes sabemos de los estratégico de las políticas de igualdad para el bienestar común y el desarrollo social, político y económico. Los logros en la transversalidad y la apuesta por poner este tema entre las primeras prioridades de la agenda política en los Estados y en las instituciones internacionales, han conseguido que en la mesa del diseño y el desarrollo de las políticas de igualdad se siente mucha más gente. Lo malo es que muchas de las nuevas personas invitadas no han participado de las expectativas y los retos planteados en los instrumentos anteriores. Por lo tanto, vuelta a empezar.

Me encuentro tantas veces con este problema, en forma de choque frontal contra muro, que espero, impaciente, que a alguien se le ocurra algo para saltarlo o bordearlo como sea. Pero, de momento, a mí no se me ocurre nada más que insistir, resistir y ser paciente, y es una tarea colectiva que afortunadamente tiene buenas colaboradoras, pero que es muy aburrida.

También hubo cosas buenas. Me encantó, como no podía ser de otra manera, Sylvia WALBY; el planteamiento de la Comisión parece no estar del todo mal, y además, se está alimentando de las aportaciones del Lobby europeo de Mujeres y, afortunadamente, tenemos eurodiputadas que saben cual es la dirección que hay que seguir. El resultado nos llegará en breve ya que se va a evaluar la hoja de ruta y se iniciará el proceso de elaboración de la nueva estrategia. De hecho ya se está haciendo. Creo que el papel que podemos jugar desde España es enormemente importante y es una impresión compartida por varias de las eurodiputadas presentes. Son muy importantes las propuestas que puedan hacerse desde el Gobierno y desde la Presidencia española. Y a las demás, más nos vale estar pendientes del proceso proponer y presionar en lo que podamos desde aquí y participar activamente en los procesos de consultas que se abran, porque las posiciones detractoras estaban allí y hablaron. ¡Vaya que si hablaron!

Queda mucho trabajo por hacer y seguramente no queda más remedio que recalendarizar las expectativas: No es nuevo para mí, lo llevo haciendo, en lo que se refiere a las políticas europeas, desde el 94. Me consuelan los recuerdos, lo aprendido en el camino, la Grand Place y el chocolate belga.

Nota de autorecordatorio: Tengo que escribir más a menudo, que si no me pongo muy pesada y escribo textos muy largos.