No doy crédito. O puede que sólo esté muy sensible, ya que en un mundo en el que la comunicación manda, a veces dudo de mi instinto y de la primera impresión que me producen determinado tipo de cosas. Lo dejo a interpretación de quien lea.

Por ejemplo, me ha resultado absolutamente paradójico el hecho de que las quejas vertidas a la defensora del lector de el diario el País sobre el artículo de Revanchismo de Género, de Ernesto Lynch, publicado en una tribuna de opinión el pasado jueves (y ya siento tener que volver a citarlo) hayan tenido como consecuencia inmediata que esta defensora plasme en su artículo dos líneas argumentativas que son justo lo contrario de lo que se pretendía con estas quejas, a la sazón:

  1. La oportunidad del autor de decir que las feministas, o simplemente quienes no reconocen la evidencia del pensamiento tramontano que él plasma en su revanchismo de género, somos todas unas necias.
  2. Que el medio, representado en su director de la sección de opinión, diga que el contenido del susodicho artículo le parece muy adecuado para fomentar un debate social en torno a la igualdad.

Perdone, pero no nos quejábamos sólo por las opiniones de este señor, que se cuentan por miles entre los militantes del postmachismo y que ya sabemos que piensan de nosotras que somos unas necias, sino de la decisión de dar a las mismas un lugar preferente, una tribuna desde donde verterlas.

Cabe preguntarse por tanto por la utilidad de la figura de la defensoría, ya que el efecto inmediato ha sido la reafirmación, en contra de la opinión de un buen número de lectoras y lectores. Tambien cabe preguntarse cómo es posible que un diario que, como dice la defensora en su artículo, ha pretendido posicionarse a favor de la lucha contra la violencia de género, considera necesario en el debate de la igualdad, opiniones de dudoso gusto democrático, ya que se discute el hecho de que la igualdad entre mujeres y hombres tenga que ser real y efectiva.

Seguramente el camino de la construcción de una igualdad real y efectiva debe conducirnos a un debate social sobre las nuevas formas de relación entre mujeres y hombres, de hecho este debate ya se está produciendo, pero, si algo sobra en el mismo, son las opiniones añorantes de un orden social que relegaba los derechos de las mujeres tras la cortina de otros supuestos beneficios sociales, tal y como hace el autor del artículo, que tan necesario les ha parecido a las personas responsables de este diario.

Desde luego yo, aunque es una opinión personalísima, me abono, en este caso, a Julieta Venegas para decir, ¡Qué lástima!, pero adiós. Me parece evidente que este diario no quiere contar entre sus filas con lectoras que, como yo, nos sentimos heridas por artículos de esta guisa. Me “desapunto” del debate en estos términos ya que sólo persigue la crispación, me cansa y me hastía, porque me obliga, cada vez, a empezar desde el principio.

Mira que soy necia al pensar que, con el actual desarrollo legal y con las miles de mujeres que demostramos día a día que ya no es posible volver atrás, que hablamos y manifestamos nuestros desacuerdos, que explicamos hasta la nausea por qué no es posible añorar los modelos de organización social responsables de la desigualdad social, debería ser fácil identificar los argumentos de quienes nos prefieren, inconstitucional y antidemocráticamente, en otros lugares. ¡Qué lástima!