Desde la revista Mía me propusieron hace unos días participar en un debate sobre la exigencia de llevar tacones en el puesto de trabajo a partir de la denuncia de una recepcionista de hotel inglesa. La denuncia de esta trabajadora incluía la petición de que la Primera Ministra inglesa renunciara a los tacones en sus apariciones públicas.

Escribí este texto:

“Harta de tener que opinar sobre cómo vestirnos”

“Puede un hotel exigirle a una recepcionista (jornada de 8 horas de pie) que lleve zapatos de tacón? ¿Puede una empresa de congresos vestir a sus azafatas con un largo de falda incompatible con un digno movimiento del cuerpo humano? ¿Puede un hospital pedir que las enfermeras lleven medias de licra? ¿No exceden estas “recomendaciones” laborales, normalmente no escritas, las exigencias lógicas de corrección, aseo y protocolo laboral?

¿Serviría de algo que todas nos quitásemos los tacones, las medias de licra, usáramos alzacuellos y refajo? ¿Es un problema de centímetros? ¿Quién los mide? Y para enredar más el tema, ¿quieren que hablemos de burkas y burquinis?

Harta de tener que opinar sobre cómo vestirnos sin provocar a nadie, sin ofender a ningún dios, ni ser vista como una aliada del patriarcado. Harta de la permanente batalla que se libra a través de la imagen de las mujeres. Creo que para formarse una opinión fundada sobre vestimentas, mujeres y empleo, habría que empezar por preguntarse por qué la Guardia Civil no tiene chalecos antibalas adaptados a la anatomía femenina, ¿o es que no estamos hablando de derechos laborales y de salud y seguridad en el puesto de trabajo?”.

Marisa Soleto Ávila, directora de Fundación Mujeres.

Publicado en el número 1.565 de la Revista Mía.