Cada vez que me enfrento a la tarea de tener que hacer una propuesta de procedimiento para la integración de la perspectiva de género en las políticas públicas, crece mi desasosiego sobre lo que queda por hacer y la mejor forma de asesorar los procesos de aplicación práctica que la Ley para la Igualdad y las políticas públicas establecen.

Hace ya mucho tiempo que en Fundación Mujeres reorientamos nuestras actuaciones de formación de profesionales, principalmente del personal al servicio de las administraciones públicas. Renunciamos a los procesos de sensibilización, aquellos que pretenden convencer sobre la bondad de la igualdad de mujeres y hombres, para centrarnos en los procesos más técnicos. La verdad es que el sistema ha funcionado bien, en mi opinión, por dos cosas.

En primer lugar saca fuera del aula el debate de la guerra de los sexos, que tan popular es y que tanto perjudica a una adecuada comprensión de las políticas de igualdad. En segundo lugar, porque muestra la parte más “œprofesional“ y menos ideologizada del asunto. Somos capaces de demostrar que lo que la Ley y las políticas de igualdad están demandando en este momento de las administraciones públicas, y también de otras entidades como las empresas o las organizaciones sociales, la aplicación de métodos de trabajo concretos que, de forma directa, contribuyen a mejorar la calidad de las intervenciones con carácter general.

Y es en este punto donde, cada vez que hago una formación, cada vez que redacto un material, dudo.

La clave del método, de todos los que hemos diseñado y puesto en práctica en los últimos años necesariamente tiene que basarse en el convencimiento social de que este tipo de procesos están completando la calidad del sistema democrático y del Estado de Derecho. Que las necesidades y la realidad de la vida de las mujeres hayan permanecido fuera del diseño de las políticas públicas y de los objetivos y funcionamiento de las instituciones y las estructuras sociales es un problema social grave y un elemento de fracaso evidente para los objetivos de bienestar social y desarrollo político, económico y social. Si persistimos en este camino la vida de las personas, especialmente de las mujeres, pero también de los hombres, será cada vez más difícil en el marco de unos cambios sociales y demográficos que son imparables y, esperemos que, irreversibles.

Sin embargo, cada vez, en cada propuesta de actuación, sigo encontrándome el mismo obstáculo que bien podría responder al siguiente pensamiento: “œYa está aquí la feminista esta, intentando colocarnos su doctrina“. Y ya me tienen, a mí, pero también a otras muchas compañeras de la Fundación con las que comparto tarea, pertrechadas para autojustificar, dulcificar, hacer digerible, convencer, prevenir el rechazo, de lo que en definitiva, en este momento son, incluso, exigencias legales.

Cada vez me pregunto si este “œmimo”  al que nos obligamos es común en otros ámbitos de intervención. Me imagino que no. De hecho sé que no es así.

Es muy difícil trabajar si en frente tenemos a gente, que lejos de reconocer nuestra especialización, y la necesidad que tienen de aprender algunas de las cosas que nosotras sabemos, simplemente para poder cumplir la ley y sus obligaciones laborales, enfrenta cualquier exigencia de la integración de la perspectiva de género en su trabajo como una tontería, que nos hemos inventado unas cuantas y con la resignación de que en realidad toca esto, porque es moda, y ya vendrán tiempos mejores.

Por eso, aunque sigo pensando que lo de la sensibilización no es lo que toca, siempre intento incorporar a mis trabajos la idea de que la igualdad de oportunidades y de trato entre mujeres y hombres es un elemento de calidad social, política y económica. Sólo si conseguimos partir de esta idea, los métodos de trabajo serán adecuadamente aplicados.

Para entender esto me gusta poner un ejemplo:

Fregar el suelo con una fregona, responde a la finalidad de frotar el suelo con un paño húmedo, para quitar la suciedad. Esta tarea se ha hecho durante mucho tiempo a mano y de rodillas y es importante saber esto para comprender adecuadamente la finalidad de la operación. Quienes piensan que fregar es mojar el suelo con el palo de la fregona, realizan mal la operación y el resultado, que no es otro que limpiar el suelo, no es el deseado. ¿O es que no han visto nunca esas odiosas marcas que deja en el suelo una fregona mal escurrida y pasada sin la energía necesaria?

Con la igualdad entre mujeres y hombres pasa lo mismo. O partimos de la necesidad de mejorar el funcionamiento social a partir de la igualdad y entendemos implicados a todos los agentes sociales, o el resultado estará lleno de defectos. Por mucho que les enseñemos la herramienta, el análisis de género, que no es otra cosa que el equivalente de la fregona cuando de limpiar suelos se trata, no conseguiremos el resultado deseado. La Ley de Igualdad ha venido a facilitar un poco esta tarea, pero no he resuelto lo esencial; la incorporación de la igualdad como un valor social común, que necesita ser desarrollado en actuaciones concretas y a partir de instrumentos concretos que hay que aprender a utilizar. Esto aún no está en nuestra cultura social compartida y habrá que seguir trabajando en métodos que la incorporen a nuestra forma de pensar. ¡Horror! otra vez la sensibilización. ¡Que aburrimiento!

Estoy escribiendo una guía de aplicación práctica de análisis de género por encargo, y me están entrando unas ganas irrefrenables de poner a todo el mundo a fregar.  A ver si así lo entienden. Esta claro que necesito unas vacaciones.