Que la conferencia episcopal iba a irrumpir en el debate sobre la modificación del aborto era algo más que sabido. Cuál iba a ser el contenido de fondo de su mensaje, estaba también bastante claro, no en vano la jerarquía de la iglesia católica se ha manifestado en todo el mundo y cuenta con  colaboraciones muy activas, sobre su frontal y radical oposición a la regulación del aborto. La única duda que podía quedar era el momento en que realizarían sus manifestaciones y la forma final del mensaje.

Nos queda claro, con cada una de sus intervenciones, que en relación con la vida sexual y el compromiso con la reproducción humana, los dictados admitidos por esta jerarquía, son estrictos y que quienes quieran ser miembros de la iglesia católica, haciendo un libre ejercicio de su libertad de conciencia y libertad religiosa, tienen vedados la utilización de métodos anticonceptivos (el representante de más alto nivel de la jerarquía católica lo ha dejado claro en un claro ejercicio de irresponsabilidad en África, continente que está siendo arrasado por el SIDA) y, por supuesto, una total prohibición de utilizar cualquier método de interrupción de una gestación, en cualquier caso y bajo ninguna circunstancia.

Por supuesto, vaya por delante que creo firmemente en los derechos de libertad de expresión y de libertad religiosa y de conciencia y, por lo tanto, creo que la iglesia católica, como otras organizaciones, tiene derecho a decir lo que piensa sobre los diferentes temas de coyuntura, especialmente cuando van destinados a orientar el comportamiento de quienes les tienen como referente en cuestiones morales y de conciencia. Cuestión distinta es su pretensión constante de incidir políticamente para ser considerados como el único referente moral válido.

Mirando la reciente campaña, y otras manifestaciones vía publicidad que la iglesia ha hecho en diferentes momento y partes del mundo, me pregunto si para mantener esta la defensa de esta posición, y difundir su mensaje entre quienes quieran participar y hacer suyos los dictados de la fe católica, es necesario arremeter siempre contra la humanidad, la sensatez, la honestidad y, en este caso concreto, incluso, la cordura de quienes defendemos otras posiciones. Ya les vale.

Está claro que, en este tema, les gusta provocar debates abruptos, seguramente porque en el terreno de los matices tendríamos necesariamente que entrar a debatir sobre el origen y el fundamento que, dentro de las posiciones ideológicas de la iglesia, tiene su frontal oposición a reconocer que la voluntad de las mujeres es un elemento a tener en cuenta en la reproducción humana, sobre los porqués de su convencimiento de la indiscutible inclinación y obligación de las mujeres hacia la maternidad y sobre porqué es necesario que el embarazo se entienda, en cualquier circunstancia, como el castigo, para las mujeres, por haber mantenido relaciones sexuales, por encima de su voluntad, de su libertad y de su situación. Tendríamos que hablar sobre cuál es el modelo social que proponen, o más bien recordarlo, porque ya lo conocemos y son muchas las personas que han dicho claramente que no les gusta.

Probablemente, cualquier otro tono en el mensaje, que permitiera un mínimo dialogo y confrontación de opiniones, nos permitiría argumentar que algunas de las propuestas del código de conducta de la jerarquía de la iglesia, especialmente en relación con las relaciones sexuales y los derechos sexuales y reproductivos, están tan alejadas de la realidad de la vida de la gente, que son inviables como propuesta de comportamiento social general y desde luego no son una buena base para cuidar la salud de las personas (y vuelvo a lo de África), ni para construir legislación, en un marco de respeto a los derechos individuales de las personas.

Dicen que la fe mueve montañas, pero en este caso yo espero que no mueva la voluntad social y política de hacer una regulación responsable sobre salud sexual y reproductiva, inclusiva y comprensiva con la realidad social y los problemas con los que las personas se enfrentan en su día a día.

Estamos demandando una legislación que trabaje a favor de un desarrollo responsable de los derechos sexuales y reproductivos de las personas, que reconozca el derecho a decidir de las mujeres y que dote de seguridad jurídica las situaciones en las que se tenga que recurrir al aborto. Una legislación que incluya una posición activa por parte de las instituciones en la prevención de los embarazos no deseados, especialmente en la población más joven y, en consecuencia, del número de abortos.

No pienso dar ninguna otra respuesta a la conferencia episcopal, más allá de la evidencia de que me acojo a mi derecho a la libertad de conciencia para no apuntarme a su código de conducta en materia sexual y reproductiva. Por mi parte, se pueden ahorrar las vallas, que seguro pueden encontrar mejor destino para ese dinero.

Más información sobre la ciber-campaña http://laslinces.blogspot.com/