El art. 119 del Tratado de Roma, por el que se crea la entonces Comunidad Económica Europea, establecía, por primera vez el principio de no discriminación entre mujeres y hombres en el mercado laboral. En virtud de este artículo los Estados que quisieran pertenecer al selecto club europeo, debían asegurar y mantener el principio de que hombres y mujeres debían recibir igual salario por igual trabajo.

Un sorprendente artículo que apareció aproximadamente unos 20 años antes de que, lo que hoy conocemos por Unión Europea, se preocupara por lo que se llamó la Europa social y que no comienza a diseñarse hasta la década de los años 70 del siglo pasado.

Por lo tanto es un artículo que lejos de estar motivado por la preocupación de los padres del tratado (siempre son padres), por la desigualdad entre mujeres y hombres, pretendía evitar que, en un contexto de libre comercio, hubiera Estados que se beneficiaran de una ventaja competitiva pagando menos a las mujeres por el mismo trabajo que podían hacer hombres.

Porque esto existía. Era legal en muchos países europeos pagar menos a las mujeres por el hecho de ser mujeres, independientemente del trabajo que realizaran. En España, las leyes del régimen hablaban de “garantizar” en ciertos sectores y profesiones el 80% de las retribuciones a las mujeres, lo que más o menos suponía una brecha salarial legal del 20%. Ya no existen, evidentemente este tipo de normas, desde hace mucho tiempo. Pero no obstante y a pesar de los cientos de normas, programas y presupuestos que hemos invertido en intentar eliminar la discriminación por razón de sexo en las relaciones laborales, lo cierto es que las diferencias en los salarios entre mujeres y hombres son persistentes.

Conocemos este fenómeno como brecha salarial y aunque se trata de un hecho muy complejo y dependiente de muchos factores lo cierto es que se manifiesta principalmente en las diferencias significativas en los salarios medios que perciben mujeres y hombres de forma agrupada. Las mujeres tienen un salario medio anual 24% inferior al de los hombres, una retribución por hora de un 13% inferior a los hombres, según los últimos datos del INE.

Las diferencias en las condiciones laborales entre mujeres y hombres son una de las causas de estas diferencias, pero no las explican en su totalidad.

Hasta hace muy poco tiempo, y aún hoy no podemos estar seguras de que no existan, había convenios colectivos que tenían cláusulas de discriminación salarial explícita o implícita para con las mujeres. Convenios agrarios que retribuían más el trabajo tradicionalmente realizado por los hombres que por las mujeres en la recogida de las cosechas, independientemente del valor que cada uno de los trabajos añadía al producto final.

Así, por ejemplo, el trabajo de selección de la cereza se ha pagado menos que la recogida del árbol, el marisqueo de playa, menos que el marisqueo a flote. También se han hecho clasificaciones profesionales de, por ejemplo, operarios de almacén en categorías diferenciadas, simplemente porque en una de ellas se concentraban las mujeres y en otra los hombres.

También hay discriminación salarial por razón de sexo oculto en la complejidad del cálculos de salarios de algunas empresas; cláusulas que penalizan los permisos de maternidad para el acceso a las condiciones de promoción salarial, obstáculos y estereotipos en los procesos de promoción profesional que siguen estando presentes en las actuales sentencias por discriminación que siguen dictando a día de hoy los tribunales españoles.

Y todo ello por no hablar directamente de mecanismos legales de cuantificación de retribuciones en diferentes ámbitos, como es el ejemplo de las pensiones, que son claramente discriminatorios, pero sólo esto daría para llenar no un artículo sino una biblioteca completa.

He aquí el fruto de mi aprendizaje a lo largo de mi experiencia profesional, que puedo ilustrar con casos, sentencias, estudios análisis, estadísticas y por supuesto adornar ideológicamente desde la teoría feminista. Además, por qué no decirlo, el tema me gusta.

Así que, se pueden ustedes imaginar cómo se le queda el cuerpo a una cuando, en noche de domingo, en el programa informativo El Objetivo, bajo la excusa de poner en evidencia el mal uso del concepto brecha salarial en el discurso político de Pedro Sánchez, se hace un despliegue de datos y opiniones expertas que apuntan a la inexistencia de la discriminación salarial por razón distinta de la discriminación y posición laboral de las mujeres.

Son muchas las personas que no comprenden el concepto brecha salarial, muchas de ellas del ámbito de la política que lo usan mal, que lo usan sin darle en realidad mucho crédito, que lo ilustran mal, y no hablo sólo del señor Sánchez, pero eso no quiere decir que no exista. También son muchas las personas que no comprenden cómo es posible que un avión pueda volar, pero esto no ha afectado al desarrollo del sector de la aviación y al crecimiento del uso de este medio de transporte. No solemos negar la existencia de lo que no conocemos, no. Sólo en algunos casos.

Ganas me dan de decir, esto de llámenlo ustedes como quieran. Brecha salarial, brecha laboral, qué más dará. A fin de cuentas, como le leí en cierta ocasión a Juan José Millas, ¿acaso no le llamamos tirar de la cadena a pulsar el botón de descarga de la cisterna?

Pero no, por aquí no paso. El patriarcado utiliza las múltiples formas de discriminación laboral por razón de sexo, incluyendo la brecha salarial, para recordarnos a las mujeres que somos intrusas en el mundo de la producción de bienes y servicios. No tenemos indicadores fiables para conocerla y no hay transparencia suficiente en las políticas retributivas de las empresas para detectarla y prevenirla, pero existir, existe, y negarla, ponerla en duda, ocultarla o hacer una incorrecta atribución causal, es una parte del problema.

Publicado en el Blog Ellas de @Elmundo.es