Diciembre es un mes tramposo. No es de verdad. No existe, ni tiene días suficientes para hacer todo lo previsto. Este es el pensamiento y la sensación que cada año me asalta a estas alturas del calendario, lo que no evita, anualmente, la falta de sincronización de mi lista de tareas y los días disponibles.

Este es el motivo de que muchas de las cosas que me hubiera gustado traer a esta ventana personal no figuren en ella. No he hablado del fantástico libro de Virginia Nicholson, “œEllas solas”, en cuya presentación he podido estar gracias a la gentileza de la Editorial Turner. También es la razón del aplazamiento de un post sobre mercado laboral y los comentarios que, sobre la participación de hombres y mujeres en el crecimiento del desempleo, estamos leyendo en los periódicos, pero que prometo para antes del regreso de las esperadas vacaciones navideñas. Sin embargo, hay una cuestión de la que sí quiero dejar constancia escrita en este momento, antes de que la idea que repica en mi cabeza, desde hace unos días,  pierda fuerza.

He asistido a dos encuentros con Soledad Murillo. Dos muestras de cariño y reconocimiento en dos actos distintos, el primero organizado por el Club de las Veinticinco y el segundo convocado por organizaciones de mujeres, ayer mismo. Quiero agradecer a las personas que han organizado los mismos la oportunidad de participar en estos reconocimientos, absolutamente merecidos, entre otras cosas porque siempre es un placer escuchar a quien, sin duda alguna, hace aportaciones de mucho valor sobre el significado de la igualdad y del desarrollo de las políticas de igualdad. Soledad Murillo ya era un referente para muchas, para todas nosotras,  antes de ser Secretaria General de Políticas de Igualdad en la anterior legislatura. Aportó a lo largo de su mandato un discurso imprescindible en el marco de una legislatura que ha sido fundamental en el desarrollo de la igualdad en nuestro país, y sin duda, su reflexión y su palabra van a continuar aportando muchas cosas en el futuro.

Dicho todo esto, me causan cierto desasosiego las reflexiones en torno a la necesidad de fortalecer las redes entre organizaciones de mujeres que he escuchado en estos dos encuentros. No sólo las que la propia Soledad ha trasladado, sino las interpretaciones y reflexiones de muchas de nosotras, en relación con sus palabras.

Digamos lo que digamos de nosotras mismas, el movimiento feminista en España es una red sólidamente construida sobre los tradicionales desacuerdos internos, amplia y generosamente debatidos, escenificados y vividos, que mantenemos entre las propias organizaciones. Disentir, no es un síntoma de división ni de debilidad. Tener muchas voces y no una única tampoco, cuando hablamos de relaciones interorganizacionales, de redes. Con la excepción de algunos temas, particularmente espinosos, eso sí, y algún exotismo extemporáneo que nos hemos regalado mutuamente en algunos momentos, la unidad en el objetivo y el modelo actuación Fuenteovejuna que mostramos a menudo, seguramente son la envidia de muchas organizaciones y muchas personas. Nos beneficiamos mutuamente de los logros individuales y, en este momento particularmente, se nos percibe socialmente como una unidad de acción y opinión común, para muchos de los temas de coyuntura que se están debatiendo en nuestro ámbito. Lo que tiene ver las cosas desde dentro es que se pierde perspectiva y se ven, con más fuerza, los matices antes que lo global. Creo que esta es la razón por la que, con demasiada frecuencia, nosotras mismas dudamos de la existencia y fortaleza de esta red social.

Una red son un conjunto de hilos, anudados entre sí. No se puede hacer una red sin hilos y no se puede hacer una red si no se saben hacer nudos. Cada hilo es importante y cada nudo tiene su función, no se puede prescindir de ninguno de ellos y la red no funciona si no cuida por igual la importancia de cada uno de los elementos. No puede ser que el anhelo de tener una poderosa herramienta nos haga caer en la tentación de perder de vista que lo principal no es la red, eso solo es la estrategia, sino la calidad y cantidad de cada uno de los hilos y los nudos realizados, adecuados a “œla pesca” que se desea.

A veces, cuando escucho hablar de redes, en realidad veo sombras que apuntan más a la finalidad de la propia estructura, que al objetivo de realizar un logro colectivo. Creo que “œLa tiranía de la falta de estructura”, escrito en un momento en que las relaciones humanas, la información y la comunicación o el funcionamiento de las organizaciones no contaban, ni de lejos con las posibilidades y con los modelos que hoy tenemos, ha dejado en muchas de nosotras una secuela que, desde mi modesta opinión, merece un repaso y una reconsideración. Sobre todo cuando hablamos de redes sociales. Evidentemente, la reflexión sigue siendo válida para el funcionamiento de las organizaciones, pero desde luego no para la creación de redes y estrategias de incidencia social. Creo que no debemos usar este tipo de argumentos para desautorizar los innumerables acuerdos, pactos, nudos en definitiva, que tenemos establecidos, entre nosotras y con otros.

Lo demás son otros problemas. Que la autoridad de las mujeres está más discutida socialmente, incluso entre nosotras mismas, es una realidad y una pseudo-herencia del patriarcado con la que hay que lidiar. Es verdad que resulta enormemente incómoda, pero el análisis pormenorizado de este tema requiere de más tiempo del que tengo en este momento. Que a veces los afectos dan mucho color a las relaciones y establecimiento de pactos y estrategias conjuntas, pues casi lo mismo. Que el desempoderamiento social del que somos victimas las mujeres se cobra su parte, incluso dentro de nuestras propias relaciones, otro tanto.

Muchas cosas que analizar y resolver, pero mientras tanto, yo, junto con otras muchas mujeres y organizaciones de mujeres, me siento parte de una red, participo en su articulación, recogida y preparación para la pesca, en los momentos necesarios. Disiento y discuto de muchos de los temas que tenemos que abordar, aprendiendo y construyendo discurso y estrategia en cada ocasión. Intento aportar lo necesario y participar en el empoderamiento colectivo. Establezco alianzas coyunturales o temáticas, en el corto, medio o largo plazo. En ocasiones incluso, tengo algunas amigas en este contexto. Todo ello sin perder la identidad del hilo y haciendo y deshaciendo los nudos convenientes en cada ocasión. No puede haber red más potente, más flexible, más efectiva y si no fuera porque las estrategias no se cuentan, sólo se ejecutan, podría incluso poner ejemplos que así lo demuestran.

No hay que hacer redes, ya las tenemos. Tenemos los hilos y los nudos necesarios. Probablemente hace falta fortalecer esta red, estas redes,  a través de más y mejores relaciones de confianza. Completamente de acuerdo. Pero, articular, estructurar y empaquetar esta riqueza en un único ovillo, con un solo cabo, con una sola voz, sólo nos puede hacer perder a todas y, además, será mucho más aburrido.