Hay una historia corta, antigua ya, que ha sido muy utilizada de ejemplo en coeducación, para ilustrar el desprecio por lo femenino, y en general por aquello que representa a las mujeres en muchos ámbitos del saber. Dice más o menos así:

Una profesora explica en clase la regla general de formación del femenino gramatical:

–   El femenino se forma habitualmente cambiando la terminación en “o” del masculino y sustituyéndolo por una “a”

–   ¿Y el masculino cómo se forma?, – pregunta una de las alumnas.

–    El masculino no se forma, – contesta la profe – el masculino existe.

Es evidentemente un ejemplo reduccionista, y no muy bueno desde la perspectiva gramatical, pero tiene su cosa si se reflexiona sobre la idea de fondo y se combina con otras explicaciones sobre lo femenino y las mujeres, procedentes de otras disciplinas, ya sean la filosofía, la religión o la historia.

A mí me recuerda a la historia de la costilla de Adán, y me hace evocar la cosa extendida de la complementariedad o la imperfección femenina, en comparación por supuesto, siempre con el modelo universal masculino. Se diría que hay más de uno y de una que se ha tomado al pié de la letra aquello que formuló Protágoras sobre que el hombre es la medida de todas las cosas, ignorando, por supuesto, el hecho de que a señalados sofistas les debemos también la idea de igualdad ante la Ley (que si no lo digo la maestra A. Miyares, me riñe).

Por lo tanto, es más que probable que, por muchas razones, cuando alguien intenta formular una definición de las mujeres se haga un poco un lío y le cueste contestar a la pregunta de qué es una mujer. Un lío que da mucho de sí a muchos niveles y no sólo en el ámbito de la filosofía, sino también en el social, en el económico, en el político, además de ser un socorrido recurso para muchas de esas revistas denominadas femeninas que tienen desgastado ya el titular de “Cómo ser una mujer de hoy”, de tanto usarlo en sus diferentes variantes.

Recuerdo haber participado al menos en un par de investigaciones y un estudio de mercado centrados precisamente en buscar la definición de la identidad, el modelo y el prototipo de la feminidad de hoy. El colmo del asombro llegó el día en el que le escuché a un consultor noruego, hablar de que el problema de la participación en los consejos de administración de las mujeres, derivaba del hecho de que las empresas no saben qué es una mujer (sic).

Pero sin duda ha sido la Federación Internacional de Fútbol la que ha pulverizado todos los récords en este terreno. Sí, la FIFA, que no sólo parece querer dar la nota a base de escándalos financieros y deportivos, sino que, con motivo de la celebración del mundial femenino de fútbol, que está a punto de comenzar en Canadá, quiere imponer a las jugadoras una prueba de “verificación de sexo” para asegurarse de que las jugadoras son mujeres.

Y no se crean que estamos hablando de un mero análisis de sangre para comprobar el consabido cromosoma o una exploración ginecológica, que ya serían suficientemente humillantes, sino de un auténtico juicio sumario sobre apariencia, vello corporal, niveles de testosterona, o de cualquiera de las características sexuales secundarias, que no sólo carece de fundamento médico y científico para la determinación del sexo o el género de una persona, sino que nunca se utilizarían para valorar la masculinidad y verificación del sexo de un hombre.

Humillante, discriminatorio, y una retahíla de adjetivos muy larga se merece esta cuestión, que ha perseguido y estigmatizado a mujeres deportistas de esta y otras disciplinas deportivas, y que se atreve a juzgar y poner en duda la identidad, el reconocimiento legal y la apariencia que debe tener una mujer para poder participar en una competición. Pero más que extenderme en explicaciones sobre el tema, que han sido estupendamente dadas por las propias jugadoras, voy a citar a Eduardo Galeano.

En su relato ‘¡Campeonas!’ de su último, póstumo y bello libro, editado recientemente y titulado ‘Mujeres’, cuenta que las alemanas, campeonas mundiales de fútbol femenino en varias ocasiones, habían tenido prohibido el fútbol desde 1955 hasta 1970 y nos ofrece la explicación que la Asociación alemana de Fútbol daba al respecto:

“En la lucha por la pelota, desaparece la elegancia femenina, y el cuerpo y el alma sufren daños. La exhibición del cuerpo ofende el pudor”

Supongo que no hace falta añadir nada más para explicar por qué el Mundial femenino, incluyendo la final, se va a jugar en campos de hierba artificial: los campos buenos se reservan para quienes no necesitan verificaciones de sexo. ¡Y que esto pase precisamente el año en el que elFIFA-16, ha decidido meter a las mejores selecciones de fútbol femenino en el juego! ¿Seguirán los diseñadores las reglas de verificación sexual para el diseño de la apariencia de jugadoras virtuales?

En España hay más de 40.000 mujeres federadas en las diferentes categorías de fútbol, nuestra selección se ha ganado una merecida plaza en el Mundial de Canadá, Vero Boquete ha ganado la Champions este año y ha sido candidata al Balón de oro, pero nuestras jugadoras no pueden ser profesionales en España y ahora, además la FIFA, la de verdad, quiere juzgar la feminidad de las mejores jugadoras del mundo. Y luego dicen que somos nosotras las que no sabemos lo que es un fuera de juego.

Publicado en el Blog Ellas de @Elmundo.es