Que existe una clara tendencia política y económica que ha decidido iniciar el camino del reconocimiento de la prostitución como una actividad económica más, en la que el mercado y las reglas de la demanda y la oferta fijen el funcionamiento de esta institución, es algo que sabemos desde que la Unión Europea propuso a los Estados miembros la incorporación de la estimación económica de los ingresos que genera la prostitución al cálculo del PIB. De eso hace ya mucho tiempo.

De nada han servido los enfoques y los diagnósticos sociales y políticos que hablan del dinero que genera la prostitución como el acicate de uno de los delitos internacionales más importantes contra los derechos de las mujeres y las niñas, la trata con fines de explotación sexual.

Así, vivimos en la contradicción de las declaraciones políticas que hablan del compromiso de los estados contra las mafias, con planes de seguridad, persecución policial y protección a las víctimas, al mismo tiempo que incorporamos el resultado de toda esta actividad al indicador que mide el bienestar y la salud económica de nuestros estados; el PIB.

Probablemente tampoco es la contradicción más grave con la que vivimos, teniendo en cuenta que el valor en el mercado negro que las armas utilizadas en el atentado del Charlie Hebdo también formarán parte del PIB francés del 2015. Tampoco parece sorprendernos demasiado las lamentaciones de muchos líderes políticos por las víctimas de los naufragios en el Mediterráneo al mismo tiempo que se ponen en marcha políticas que niegan derechos a los inmigrantes, se cierran las vías a la inmigración legal o se disminuyen los fondos de la cooperación internacional hasta la categoría de anécdota.

Pero como lo de la prostitución me lo sé mejor, vamos con unas cuantas claves para desentrañar contradicciones sobre prostitución que pueden ser de bastante utilidad para interpretar algunos de los mensajes políticos que, según parece, nos asaltarán en los próximos periodos electorales.

La prostitución y su regularización normalizan la demanda, es decir, construyen un escenario mercantil en el que los hombres tienen el derecho a demandar servicios sexuales a cambio de un precio, normalmente muy bajo y el mercado se encarga de disponer de una oferta lo suficientemente atractiva capaz de satisfacer lo que el cliente espera. Por eso lo que ha sucedido en los países que han optado por cualquiera de las fórmulas de la regularización (Holanda, Alemania) las consecuencias no han sido ni de lejos la de la mejora de las condiciones de trabajo de las mujeres que ejercen la prostitución, sino tan sólo la construcción de un escenario mercantil donde pueden camuflarse mucho más fácilmente la actividad de las mafias de trata.

Por el contrario, en los lugares como Suecia y otros países nórdicos, donde se ha optado por establecer medidas contra la demanda, penalizando al cliente de prostitución, sí se ha conseguido establecer un control de la actividad delictiva y han dejado de ser lugares interesantes para las mafias, por lo que, aunque es verdad que sigue existiendo una actividad clandestina, la dimensión de la demanda está muy por debajo de lo que conocemos en este momento en España.

Por otra parte, para aquellos casos quieran presentar la regularización de la prostitución como un síntoma de modernidad y de superación de moralinas caducas, recordar que la prostitución, su mercado y los ingresos que generaba, incluyendo el cobro de impuestos sobre los mismos, ha sido la tónica general a lo largo de la historia, en manos de la Iglesia, los ejércitos o los nobles, por lo que lo de volver a considerar el proxenetismo como una dedicación decente, es un volver al pasado que solo puede colar para aquellos que no conocen la historia.

Con estas breves nociones, que pueden ustedes ampliar fácilmente con cualquiera de los trabajos sobre prostitución que han hecho académicas como Ana de Miguel, activistas como Beatriz Gimeno o periodistas como Mabel Lozano, quizá no sea difícil entender cuáles son las auténticas motivaciones de quienes desde partidos como Ciudadanos o lideresas locales del Partido Popular, defienden la regularización de la prostitución, con una calculadora de recaudación en la cabeza, aunque lo que se escuche es una increíble defensa de los derechos de las mujeres.

Quizá sí lo sea más el caso de la candidata Ada Colau, desde Guanyem Barcelona, que al lado de propuestas para evitar el abuso mercantil de los espacios comunes de la ciudad, no tenga inconveniente en tomar partido por la regularización y, por lo tanto, a favor de la mercantilización de la sexualidad de las personas y el cuerpo de las mujeres, justo lo que pretende evitar la propuesta que desde la candidatura socialista al Ayuntamiento de Madrid acaba de proponer el candidato Antonio Miguel Carmona, que propone el control de la demanda de la fórmula sueca.

Probablemente en un mundo que nos cuenta que cuando existe un intercambio económico y se generan ingresos todo está bien, la batalla contra la mercantilización de la sexualidad va a ser muy complicada, pero al menos intentemos que no nos engañen diciendo que les preocupan las personas, porque eso ya no cuela.

Publicado en el Blog Ellas de @Elmundo.es